Con la mano en el pecho, anuncio que hoy, por fin, lo he descubierto. De un tiempo a esta parte, había advertido la existencia de un consenso entre la población para dirigirse a mi persona con el apelativo de “caballero”, sin explicación aparente. Esta tarde he comprendido el motivo. Salí un momento de casa a comprar el periódico. El kioskero pronunció el consabido “aquí tiene, caballero”, al entregarme un ejemplar de “El Atorrante”. Cómo no. De vuelta a casa percibí un olorcillo a mierda. Investigué bajo la suela de mis zapatos, pensando que habría pisado una caca de perro... pero nooop, afortunadamente no era el caso. Pero el olorcillo no terminaba de desaparecer, y la gente que me iba cruzando por la calle me miraba con cara de espanto, como si aquel olor me perteneciese. “Señora, deje de mirarme con esos ojos de búho, que no soy un escaparate, joer ya”. Antes de subir a casa se me ocurrió parar a comprar una botella de vino para la cena. “Adiosbuenastardes, caballero”, me lanzó el dependiente a modo de despedida. “Otro con el caballero de los cojones”. Me giré para largarme de allí cuando antes, y entonces me di de bruces contra unos morros babeantes. ¡Un caballo!, ¡un caballo de verdad!, un puto caballo percherón, que me había venido siguiendo todo este tiempo, me miraba ahora con sus ojos bobalicones, como avergonzado por haber sido descubierto.
