domingo, 26 de mayo de 2013

Vaya, parece que ahora sí nos reconocen.

Con motivo de una remodelación de la exposición permanente, coincidieron en el mismo rincón de un almacén Fernando Alonso, Charlot, y la Reina Sofía. Colocadas sus caras apenas a un palmo de distancia, se creó un incómodo silencio entre ellos, que rompió la Reina Sofía con el comentario inevitable:

- Todos los visitantes que se paran ante mí, me miran con cara burlona y dicen que no me parezco nada. Estoy harta.

- No estás sola, nos pasa a todos lo mismo, contestó Charlot lleno de tristeza.

- Se me ocurre algo -intervino Fernando Alonso-. Si es verdad que no nos parecemos, nadie nos debería reconocer fuera de aquí, lejos del cartelito con nuestro nombre, ¿no? Entonces... ¿por qué no nos largamos?

- No digas tonterías Fernando, replicó la Reina Sofía.

- A mi me parece una buena idea, dijo Charlot. Aquí estamos haciendo el idiota. Y en la calle pasaremos completamente desapercibidos, ¡eso seguro!

- Pues no hay nada más que hablar, continuó Fernando. Está a punto de amanecer, y el guarda nocturno estará durmiendo como siempre. Vámonos de aquí. ¿Te vienes, Sofía?

- Bah, voy con vosotros, estoy harta de portarme siempre bien.

Y sin más historias, superando su estado inerte por la pura fuerza de su convicción, salieron los tres del almacén, cruzaron por delante del vigilante sin despertarle, llegaron a la puerta principal, y salieron al exterior con las primeras luces del día. Avanzaron por el callejón peatonal que da acceso al Museo de Cera, y enseguida se encontraron caminando por la amplia acera izquierda del Paseo de la Castellana, entre las numerosas personas que se apresuraban hacia sus puestos de trabajo.

Diez minutos más tarde, los viandantes se habían evaporado como por arte de magia y se escuchaban de fondo sirenas de policía y el rumor de un helicóptero. Los protagonistas de la noticia bomba de esos momentos a nivel mundial eran ya Fernando Alonso, Charlot, y la Reina Sofía.

domingo, 27 de mayo de 2012

El caballero


Con la mano en el pecho, anuncio que hoy, por fin, lo he descubierto. De un tiempo a esta parte, había advertido la existencia de un consenso entre la población para dirigirse a mi persona con el apelativo de “caballero”, sin explicación aparente. Esta tarde he comprendido el motivo. Salí un momento de casa a comprar el periódico. El kioskero pronunció el consabido “aquí tiene, caballero”, al entregarme un ejemplar de “El Atorrante”. Cómo no. De vuelta a casa percibí un olorcillo a mierda. Investigué bajo la suela de mis zapatos, pensando que habría pisado una caca de perro... pero nooop, afortunadamente no era el caso. Pero el olorcillo no terminaba de desaparecer, y la gente que me iba cruzando por la calle me miraba con cara de espanto, como si aquel olor me perteneciese. “Señora, deje de mirarme con esos ojos de búho, que no soy un escaparate, joer ya”. Antes de subir a casa se me ocurrió parar a comprar una botella de vino para la cena. “Adiosbuenastardes, caballero”, me lanzó el dependiente a modo de despedida. “Otro con el caballero de los cojones”. Me giré para largarme de allí cuando antes, y entonces me di de bruces contra unos morros babeantes. ¡Un caballo!, ¡un caballo de verdad!, un puto caballo percherón, que me había venido siguiendo todo este tiempo, me miraba ahora con sus ojos bobalicones, como avergonzado por haber sido descubierto.

domingo, 4 de marzo de 2012

El día más feliz

María García despertó esa mañana completamente descansada. Había dormido muy bien. Unos rayos de luz que entraban en la habitación a través de la persiana, prometían un día radiante. Percibió el olor de la primavera que comenzaba, procedente de alguna ventana que la noche anterior habría olvidado cerrar. Se sintió afortunada. Y súbitamente tuvo el pensamiento de que ese día que comenzaba, era el más feliz de su vida.

Mientras se duchaba, todavía con ese pensamiento rondándole la cabeza, se sintió incómoda por un momento. Desde que había fallecido su madre, muchos años atrás, nunca se había sentido verdaderamente feliz. Se preguntó si la repentina felicidad que sentía esa mañana, significaba que estaba ya olvidándola. Tendría que reflexionar despacio sobre ello, pensó, pero decidió no hacerlo en ese momento. Hoy era un día muy especial, y quería disfrutarlo.

Terminada la ducha, se puso la bata y fue a la cocina a desayunar, como hacía todos los días. Removiendo distraídamente el café, recordó que en esa misma mesa había tenido que alimentar a su padre durante los últimos tres meses de su vida, tras el infarto cerebral que sufrió. Su padre había fallecido dos años antes, y desde entonces había desayunado sola todos los días.

El padre de María García murió pocas semanas después de que ella finalizase sus estudios en el Instituto. Un amigo de su padre, preocupado por la difícil situación económica que se le presentaba a María, le consiguió un trabajo de cajera en un supermercado cercano a su casa. Pronto solicitó María un traslado a otro centro de la misma cadena, situado a tres cuartos de hora en metro desde su casa, pues no podía soportar las miradas de lástima que invariablemente le dirigían sus conocidos del barrio; en especial, sus antiguas compañeras del Instituto, que interrumpían bruscamente sus risas cada vez que se encontraban con María sentada en la caja del supermercado.

El trabajo de cajera le había gustado al principio, pero bien pronto había comenzado a aburrirle soberanamente. Había trabajado allí durante casi tres años. Hasta que la semana anterior, la suerte había decidido, por fin, decantarse a su favor.

Según se vestía ese día en el dormitorio, fue consciente de que, por primera vez en mucho tiempo, no tendría que cambiarse de ropa al llegar al trabajo, ni usar el uniforme azul que tan poco le gustaba. Esta idea le hizo sentir, de nuevo, que hoy era el día más feliz de su vida.

Hoy lunes comenzaba en su nuevo trabajo, el segundo que iba a tener a sus veinte años de edad. Le había llegado la oportunidad de una forma inesperada. Apenas tres meses antes, mientras realizaba uno de sus interminables viajes en metro, tuvo la feliz idea de escribir una carta a una revista literaria que compraba todas las semanas, para sugerirles el nombre de un autor que le gustaba. Esta primera carta dio lugar a que comenzara un contacto fluido entre ella y la empresa editora de la revista, de la cual terminó recibiendo una oferta de trabajo, que aceptó encantada.

La editorial no estaba lejos de su casa. Había decidido que haría el trayecto en bicicleta todos los días que no lloviera, pues estaba harta del metro y, además, le apetecía hacer ejercicio. Se había comprado una bicicleta, que esa mañana iba a estrenar. Este primer día de trabajo había sido citada a las once de la mañana, y no había tenido que madrugar. Hoy le sonreía la suerte hasta en los pequeños detalles.

María salió de su casa con tiempo más que suficiente. No quería llegar tarde. Le agradó recibir en su cara el aire todavía fresco de la mañana, cuando la bicicleta echó a rodar; y otra vez tuvo la sensación de ser completamente feliz. El trayecto de ida, descendente en su mayor parte, resultaba muy cómodo de hacer en bicicleta; otra cosa sería la vuelta a casa por la tarde, pensó. Diez minutos más tarde tenía ya a la vista el edificio de la editorial. Desde la distancia, se fijó en él y se preguntó detrás cuál de todas aquellas ventanas estaría sentada dentro de un rato. Giró a la derecha para salir de la avenida por la que circulaba... y percibió entonces una sombra oscura que se abalanzaba hacia ella. Buscó esa sombra con la mirada, y advirtió, aterrada, que había entrado en el carril-bus, y se encontraba frente a un autobús que se le echaba encima. Supo que el impacto era inevitable, e inmediato. En un fogonazo de lucidez, le asaltó el mismo pensamiento que le había estado rondado durante toda la mañana, y sintió que se le helaba la sangre al comprender que había estado en lo cierto, que aquél había sido el día más feliz de su vida. Un instante después, María García estaba muerta.

lunes, 13 de febrero de 2012

En el ascensor.

- Buenas noches.
- Buenas noches.
- Va usted al…..mmmm… sexto, ¿no es así? Ya le doy yo..
- Sí, gracias.
- …
- …
- Vaya frío del demonio que hace, y encima con este aire…
- Sí.
- He salido un momento a la calle y vengo congelado.
- …
- Usted lleva todo el día en la calle, ¿verdad?
- Pues sí, ¿cómo lo sabe?
- Se le nota en la cara. Tiene usted la nariz roja como un pimiento, con la punta ennegrecida por un principio de congelación; le cuelga una estalactita helada del orificio derecho de la nariz, y presenta cristales de hielo en los lagrimales; tiene la piel completamente cuarteada, en trozos separados entre si por surcos de carne viva; da usted bastante miedito…
- No puedo decirle, no me veo la cara.
- …
- …
- En la próxima junta de propietarios tenemos que reclamar un espejo en el ascensor, es muy útil para estos casos.
- Sí
-...
-...
- Pero… ¿no le duele?
- No. No siento nada.
-...
-...
- Bueno, llegamos a su piso, yo sigo hasta el octavo.
- Adiós, buenas noches.
- Uy, espere… se deja usted una oreja aquí, en el suelo, se le ha debido caer. Tenga.
- Muchas gracias, muy amable.

viernes, 10 de febrero de 2012

Haiku nº 1

Primera gota
Fugaz brillo en la roca
Hija del cielo

martes, 7 de febrero de 2012

Conoce tus tradiciones

Aquí estoy, sentado en el salón de mi casa, viendo por televisión las noticias de la tarde. ¡Qué raro se me hace que relaten, como gran noticia del día, lo que esta mañana ha ocurrido en mi presencia!

Hoy, día dos de febrero, se ha celebrado el Día de la Marmota en mi pueblo, Punxsutawney. Siguiendo una tradición centenaria, todos los años en esta fecha nos reunimos los vecinos en la plaza principal. A las siete y veinte de la mañana, los miembros del Club de la Marmota, vestidos con largos abrigos negros y cubiertos con sombreros de copa, llegan solemnemente a la plaza y suben a la tarima de madera que sirve como escenario. Traen consigo a Phil, la marmota, a la que introducen en el interior de un tronco seco. Tras los discursos de rigor, que nos recuerdan la importancia de la tradición y el debido respeto que merece, el miembro más antiguo del Club saca la marmota del tronco seco, y la levanta en volandas.

Afirma la tradición que si la marmota puede ver su propia sombra, quedan seis semanas más de invierno; y si no la puede ver, el invierno ha terminado.

Algunos vecinos –especialmente los más jóvenes, poco amigos de respetar las tradiciones en esos tiempos que corren- menosprecian a quienes confiamos en ellas, a quienes sabemos que, en el fondo de toda tradición, reside una gran certeza.

Desde que rodaron aquella película sobre nuestra tradición –bastante irrespetuosa, por cierto-, acuden cientos de forasteros y periodistas a presenciar la predicción de la marmota, y ya no es tan fácil como antes conseguir un buen lugar en la plaza, próximo al escenario.

Cuando llegué esta mañana a la plaza, con una hora de antelación, había ya congregada una multitud. El acto comenzó con una rigurosa puntualidad. Comprobé, con gran satisfacción, que se respetaban, punto por punto, los pasos de la ceremonia que vienen marcados por la tradición. Los gestos exactos, las palabras oportunas, todo se desarrollaba en la forma exigida.

Pero justo en el momento álgido, en el preciso instante en el que la marmota iba a ser izada, noté una mano sobre mi hombro derecho que reclamaba mi atención. Me giré y allí estaba Remigius, tan inoportuno como siempre.

-¿Qué tal? ¡Cómo tú por aquí! –me dijo, con sorna como disimulada-. ¡Rápido!, qué me dices... ¿termina hoy el invierno, o no?

- Qué sé yo, no parece que..

- ¡Mira, mira! –me interrumpió-, ¡te lo estás perdiendo! ¡Phil está buscando su sombra!

Según me decía estas palabras, sus ojos perdieron todo brillo, cualquier rastro de inteligencia, y su cara adoptó una expresión muy extraña, como de profundo estupor…

- Remigius, ¿te encuentras bien?... ¿Remigius?

Repentinamente, se había hecho un silencio sobrecogedor en la plaza, roto tan solo por algunas pocas voces que, como yo, llamaban alarmadas a sus acompañantes más cercanos. Miré a mi alrededor, y observé que la gran mayoría de los presentes se encontraba en el mismo estado catatónico que el pobre Remigius, mientras, aquí y allá, algunas personas gritaban y se llevaban las manos a la cabeza.

Se alzó entonces una voz grave procedente del escenario. ¡Era la marmota quien hablaba!, todavía sostenida por un elegante y catatónico miembro del Club de la Marmota:

- Estimados conciudadanos de Punxsutawney… tal como dicta nuestra centenaria tradición, si al ser alzada observo, dentro del perímetro de mi sombra, una ramita de pino, parte de la hoja seca de un castaño, y una piedra de menos de dos centímetros de longitud, como acaba de ocurrir aquí y ahora, recibiré un alma humana; y todos los humanos que en ese instante me estuvieren mirando, recibirán un alma de marmota. Cúmplase la tradición.

Y ahora, si me permiten...

La marmota descendió entonces del escenario y comenzó a cruzar la plaza, entre cientos de cuerpos absortos y unas pocas personas estupefactas.

Al tiempo, los cuerpos humanos amarmotados comenzaron a actuar según les sugería su alma recién adquirida. Pronto estuvieron casi todos postrados en el suelo, husmeando el suelo, cavando madrigueras con las manos desnudas, u olisqueándose entre ellos. Remigius mordía con fruición los cordones de mis zapatos, sin ningún síntoma de reconocerme.

Ajena a todo ello, la marmota Phil siguió su camino hasta el final de la plaza y continuó por la avenida, erguida sobre sus patas traseras. Caminaba tambaleándose, haciendo un esfuerzo evidente por conservar el equilibro, preocupada –en un rasgo de vergüenza humana, o así me lo pareció-, por no parecer demasiado torpe. Lentamente se fue alejando, y ya no la vi más.

Llevan toda la tarde hablando en la televisión sobre este acontecimiento, a veces a gritos, muy sorprendidos. Yo, la verdad, no sé de qué se extrañan tanto; a fin de cuentas, si la tradición ordena que se intercambien las almas en el caso expuesto por la marmota –y ella lo sabe mejor que nadie-, es natural que así haya ocurrido. Me preocupa más lo que pueda ocurrir con nuestra ceremonia centenaria, pues temo que no se vuelva a celebrar, o que no tenga la asistencia acostumbrada en lo sucesivo. Me preocupa también lo solitario que estará mañana el pueblo, y me preocupa que todos mis conocidos –también el pesado de Remigius- vayan a pasar esta noche a la intemperie, con el frío que hace. Al final no me ha quedado claro si el invierno ha terminado, o si va a durar seis semanas más...